Veracruz, a lo largo de su historia más reciente, ha sido el escenario de cuatro acontecimientos que han marcado la defensa de la soberanÃa y debido al comportamiento valiente y atinado de los porteños, en 1948, el presidente de la república, Miguel Alemán Valdés, expide el decreto declarando a Cuatro Veces Heroica Veracruz. Estas son las fechas en que la ciudad fue heroicamente defendida:
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El 18 de noviembre de 1825, con la rendición de las últimas fuerzas españolas en la última posición de los españoles, que se encontraban en la fortaleza de San Juan de Ulúa. Veracruz recibió cañonazos por 18 dÃas.
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El 27 de noviembre de 1838, por el bombardeo de las fuerzas francesas durante la Guerra de los Pasteles.
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El 22 de marzo de 1847, por el bombardeo de las fuerzas estadounidenses en la Guerra de Intervención Estadounidense.
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El 21 y 22 de abril de 1914 por la defensa durante el desembarco de las tropas estadounidenses.
Veracruz puerta y puerto de la Nueva España, abierto siempre a todas las venturas y a todos los sinsabores, plantado de la mano firme del visionario extremeño Hernán Cortés, que al darle el sonoro nombre de Villa Rica de la Vera Cruz, conmemoró solemnemente aquel Viernes Santo de 1519, en las desiertas y arenosas playas de Chalchiuecan, esta prócer y señorial ciudad, que se engalana con el desmelenado penacho de sus palmeras y se decora con los variados matices de sus crepúsculos, luce hoy en la larga historia de México, con justificada complacencia y concentrado celo, las cuatro insignes hachas que atestiguan la suprema heroicidad de sus hijos, caÃdos en el fragor del combate, con la cara al Cielo y el pecho al enemigo. Y como si ésto no fuese suficiente para considerarla como avanzada perenne de la nacionalidad, no olvidemos que también ha escrito en sus páginas unos de los más sonados acontecimientos en pro de la consolidación del liberalismo mexicano. AquÃ, en Veracruz, se proclamó la República, el 2 de diciembre de 1822, acto respaldado después el 1 o. de febrero de 1823, por medio del Plan de Casa Mata, que firmaron los generales Santa Anna, Echéverria y Cortázar. El 7 de julio de 1850, el presidente don Benito Juárez, que habÃa instalado su gobierno constitucionalista en Veracruz, expidió su célebre manifiesto precursor de las leyes de Reforma, que al fin fueron promulgadas, sucesivamente, los dÃas 12 y 31 de¡ mismo mes, declarando al matrimonio como un contrato civil, nacionalizando los bienes eclesiásticos y secularizando los cementerios. Finalmente, en 1915, y en distintas fechas, don Venustiano Carranza, que también habÃa asentado su gobierno en la HEROICA CIUDAD, firmó en el Edificio de Faros, constituido en residencia presidencial con el carácter de Primera Jefatura del Ejército constitucionalista, las leyes que decretaban la implantación de¡ municipio libre, la agraria y las de relaciones familiares.
Primera Epopeya
Consumada la independencia de México después de once años de cruenta lucha con la entrada victoriosa del Ejército Trigarante a cuya cabeza, iba el generalÃsimo don AgustÃn de Iturbide el memorable 27 de septiembre de 1821 aún permaneció el Castillo de San Juan de Ulúa en poder de los dominadores españoles, que reconocÃan como jefe al brigadier don GarcÃa Joseph Dávila. Se independizó la ciudad pero no asà la fortaleza, constituyendo desde entonces un serio problema para las autoridades supremas del paÃs que surgÃa a la vida en forma autónoma.
A Dávila vino a sustituirlo en el mando de la Guarnición del islote el mariscal Francisco Lemaur, hombre de arrogante empaque, genio enfurecido y seño adusto, que creyó ingenuamente no solo poder amenazar con su presencia al Gobierno del República sino apoderarse con relativa facilidad de la ciudad.
Cuando llegó a tomar posesión de su cargo, vio que la realidad era muy distinta porque Veracruz se habÃa aprestado para una heroica defensa Entonces sin dejar su actitud fanfarrona, se dedicó al lucrativo negocio del contrabando, en perjuicio de nuestro erario valiéndose de su privilegiada situación en Ulúa, en donde era amo y señor. Pretendió después adueñarse de la isla de Sacrificios sin conseguirlo y al darse cuenta de que el gobernador de Veracruz, Villaurrutia, proseguÃa activamente las obras de fortificación de la plaza, desató sobre ésta un terrible bombardeo sin la menor compasión para el vecindario pacÃfico, reduciendo los principales edificios a humeantes escombros El violento cañoneo se inicio a las doce y media del dÃa 25 de septiembre de 1823. Desde la fecha trágica hasta el 13 de octubre, se dispararon contra la injustamente castigada Veracruz unos seis mil tiros de bala rasa, de calibres 36 y 24, y cuatrocientas balas de 4 pulgadas.
Por eso nos dice Tornel:
Lemaur, cuando menos se recelaba, arrojó sobre la ciudad una lluvia de balas y bombas, con la’ frÃa crueldad con que el más inmundo de los césares se divertÃa desde lo alto de una colina con el incendio y destrucción de Roma. ParecÃole sin duda que habiéndose inaugurado el dominio español en el territorio de México, con escenas de sangre y de devastación, era consiguiente que al desenlazarse el drama al cabo de tres centurias, el bronce y el alzarse otra vez, se abatió el pendón de Castilla. Tal resolución no pudo venir de otro estÃmulo que del innoble de la venganza: porque disponiendo el general español de escasas fuerzas, ni aún podÃa lisonjearle la esperanza de enseñorearse de las ruinas y escombros de la heroica Veracruz. Esa ciudad, por tantos tÃtulos ilustres, vio iniciar entonces la larga serie de infortunios que le alcanzan, antes y más que a ninguna población de la República, en todas nuestras guerras extranjeras. Ancianos y niños, las señoras más respetables, la parte más válida del pueblo, vagaban todos por el campo sin auxilio, sin amparo, sufriendo privaciones. Rotas asà las hostilidades, las más duras, las más dolorosas el gobierno mexicano mandó cerrar el puerto de Veracruz y abrir el de Alvarado, a donde pasó el comercio sin que la guarnición de Ulúa pudiera ya cubrir su presupuesto con las rentas de su aduana, porque ésta quedó enteramente anulada, siendo para los españoles no pequeño castigo tener que cubrir cuantiosos gastos de la fortaleza, con el erario de la Isla de Cuba.
El tremendo ataque a que fue sometido Veracruz, asà como la heroicidad de sus hijos jamás desmentida, tuvieron la recompensa merecida Y reconocimiento amplio de todos los mexicanos. Asà el 18 de noviembre de 1825 en el Castillo de San Juan de Ulúa se anuncia la capitulación española y el anuncio oficial se da el 23 de diciembre de 1825, posteriormente se concede a la ciudad de Veracruz el tÃtulo de HEROICA, primero de los cuatro legÃtimo, que ostenta de] decreto de fecha 29 de junio de 1826.
Segunda epopeya
Fué la llamada Guerra de los Pasteles, en 1838. Este dramático episodio de nuestra historia se inició con la misteriosa aparición de un bergantÃn de banderas francesas, que traÃa a bordo al Barón Deffaudis, portador de un ultimátum de gobierno de su paÃs para el nuestro ,la nave fondeó en Antón Lizardo y pasé después a situarse frente a la isla de Sacrificios. Por medio de un intérprete, Deffaudis se puso al habla con el comandante militar de Veracruz, general Ciriaco Vázquez quien, ante las exigencias de aquel enviado extraordinario, se limitó a prometer que enviarÃa el documento para que fuese el supremo gobierno el que diera la contestación correspondiente. Francia exigÃa a México en términos apremiantes y hasta un poco fuera de tono, con la altivez de sentirse nación más fuerte, una crecida suma de dinero como indemnización de las pérdidas sufridas por comerciantes e industriales franceses durante nuestras guerras intestinas. Y como entre las reclamaciones figuraba la ridÃcula y fabulosa de un pastelero avecindado en Tacubaya, que afirmaba haber perdido en un motÃn callejero la suma de doscientos mil pesos en pasteles!, de ahà el nombre que dio el pueblo a esa guerra que no pasó de Veracruz
El 26 de octubre fue avistada, desde la plaza donde ya circulaban alarmantes rumores, la escuadra gala al mando del almirante Charles BaudÃn que estaba compuesta por:
La Nereida, fragata, (la capitana) armada con 28 cañones de a 30, 18 carronadas de a 30 y 4 obuses de a 30. En total, durante las acciones que se libraron hizo 1700 disparos.
La Efigenia, fragata, con 60 cañones, 30 de ellos de a 30; 28 carronadas de a 30 y dos cañones de a 18. Disparé 3300 cañonazos en total.
La Criolla, corbeta con 20 carronadas de a 30 y 2 obuses de a 30. hizo 360 disparos. En esta nave venÃa como comandante el prÃncipe de Joinville, hijo mayor del rey Luis Felipe de Francia, que prefirió las arriesgadas aventuras del océano a la vanidad empalagoso de una corte corrompida. En la historia de su paÃs se le conoce con el nombre de "El PrÃncipe del Mar".
Vulcano bombardera con 2 morteros de hierro de 12 pulgadas, y CÃclope, otra bombardero de la misma fuerza. Disparó 302bombas.
Además, los bergantines Coracero y Alcibiades, con artille-rÃa menor, que en el furioso ataque a San Juan de Ulúa se limitaron a esperar órdenes de la nave capitana, anclados frente a la Isla Verde.
El 28 de octubre despachó el almirante Baudin al oficial de; la Mr. Le Ray, con pliegos especiales para el supremo gobierno de México, presidido entonces por el general Anastasio Bustamante. Regresé el emisario en la tarde del 4 de noviembre entablándose con tal motivo, y atendiendo a la respuesta dada por el presidente de la República, una serie de conferencias en la vecina ciudad de, Xalapa, donde cambiaron impresiones el propio almirante y don Luis González Cuevas. La primera entrevista tuvo lugar en la mañana del dÃa 17 y como el dÃa 21 no hubiesen podido llegar a ningún arreglo, regresó Baudin a Veracruz visiblemente contrariado, echando rayos y centellas. TodavÃa esperó hasta el 27 de noviembre, en que se le entregó contestación, que fue en todo negativa. Esto acabó de enardecer su ánimo, y entonces dispuso actuar cegado por su propia indignación. Mientras tanto, comenzaban a embarcarse los franceses avecindados en Veracruz y puntos inmediatos, en los bergantines Emma de matrÃcula hamburguesa y Wind Hand de nacionalidad belga, para ponerse a salvo, ya que consideraban un ataque inminente. Fueron los jóvenes oficiales mexicanos Valle y DÃaz Mirón quienes pusieron en manos de Baudin la respuesta de nuestro gobierno, y cuando subieron a bordo ya La Nereida, nave almiranta, navegaba remolcada por un vapor para situarse en la lÃnea de ataque a la fortaleza de San Juan de Ulúa, siguiéndole en la maniobra la otra fragata, la corbeta La Criolla y las dos bombarderos.
Era jefe de la guarnición de Ulúa el general Antonio Gaona, y tanto éste como el comandante del baluarte de Santiago, al percatarse de todos los movimientos sospechosos, se dirigieron violentamente al comandante militar de la plaza, general Manuel Rincón, quien no quiso que se le hiciese fuego todavÃa contra los invasores.
El combate no se hizo esperar y para que se tenga una idea de los tremendos estragos que causó al castillo, y del comportamiento valiente y bizarro de sus defensores, a continuación se lee el parte que el mismo general Gaona rindió al general Rincón, después de que la fortaleza tuvo que capitular con honra:
Vuestra excelencia conoce muy bien que la defensa de la Fortaleza de Ulúa consiste exclusivamente en artillerÃa tanto más cuanto que el ataque se esperaba por la misma arma, y de un calibre superior como lo es el de la escuadra francesa. Convencido de ésta he manifestado varias veces a V. E el mal estado en que se hallaban nuestras piezas, especialmente en sus montajes; la escasez de municiones para mantener un fuego sostenido de piezas de grueso calibre, que consume mucha pólvora; la falta de espeques y demás útiles de bateria del que era necesario un repuesto para reemplazar los muchos que se utilizaban en el combate. V. E. Con el empeño que era consiguiente, mandó facilitarme lo que pudo reunir en esta ciudad, pero no era bastante pues no contaba ni aún con lo más indispensable para las piezas montadas. En tal situación no me quedaba otro arbitrio que reducirme a lo que habÃa, y esperar el resultado fatal de una defensa, que sin los elementos necesarios, aunque fuera honrosa, no podÃa dar gloria a las armas de la República.
Antes de las doce del dÃa comenzaron los vapores franceses a conducir sus buques mayores, dándoles la posición que debÃan guardar para el ataque. Los colocaron, como era de esperarse, frente a los ángulos salientes de las obras, donde utilizaban al castillo en su mayor extensión. A las dos y media de la tarde, luego que el bote mexicano que habÃa ido a Veracruz a bordo se destacó de, la fragata capitana, hizo ésta sus señales y rompieron el fuego cuatro fragatas, una corbeta y un bergantÃn que se habÃa apoderado por el Este y Nordeste, y además otra fragata, dos de corbeta y dos vapores que variaban su posición según les acomodaba.
A las seis cruenta y cinco de la tarde subio don Manuel RodrÃguez de Cela a bordo de la Nereida a solicitar la suspensión del fuego, a la que se negó el almirante condicionándolo a la capitulación de la guarnición. Cela volvió a Ulúa encontrándose con el general Santa Anna, que al oÃr en su hacienda de Manga de Clavo los disparos, se trasladó a Veracruz a ofrecer a su comandante sus servicios, y por Rincón fue enviado a inspeccionar el estado de la fortaleza total, que al ver los desperfectos capitularon y firmaron los circunstantes a las dos de la mañana del 28 de noviembre, siendo ocupada la fortaleza por los franceses ese mismo dÃa a las doce.
A las dos de la tarde del 28 de noviembre de 1838 las salvas de todos los buques franceses saludaron al pabellón de su nación enarbolado en ese momento en Ulúa. A las cinco de la tarde salió para Francia una de las corbetas con pliegos de Baudin participando en su victoria.
Empero, habiendo declarado México la guerra a Francia, y asumido el mando de la plaza de Veracruz el inquieto general don Antonio López de Santa Anna, que suplio al general Rincón, procesado en unión de Gaona con motivo del desastre de la fortaleza, intentó Baudin un desembarco por sorpresa en la ciudad, el 5 de diciembre de aquel año, a las cuatro de la mañana; protegió la niebla esta audaz maniobra, pudiendo desplazarse cinco grandes botes sin ser vistos. Una columna mandada por el capitán Laine, de La Gloire, seguida del capitán Lardy, de La Medea, tomó fácil-mente el baluarte de La Concepción, destruyendo los trece cañones de a 24 y morteros que allà habÃa. Sucesivamente, hizo lo mismo en los fortines de San Juan, San Mateo y San Javier, al lado de la Puerta de México, por la cual escapó una parte de la guarnición mexicana. Una segunda columna se dividió en dos fracciones, una mandada por el capitán Parceval, de La Efigenia, entró a la ciudad derribando la poterna de rastrillo, y la otra, con los capitanes Ollivier, del CÃclope, y S. Georges, del Vulcano, se apodero rápidamente del baluarte de Santiago. La columna del centro, formada por dos y media compañÃas de artilleros de la marina, a las órdenes del jefe de batallón Collombel: dos compañÃas de marina y una escuadra de veinte zapadores, todos mandados por el principe Jonbillle,de la ciolla, volo con petardo la puerta del muelle y cayo contestó en el acto por nuestras baterÃas que podÃan ofenderlos, y aunque observaban acallar nuestros fuegos por la actividad de los suyos, los multiplicaban para todos los puntos, las dos corbetas bombarderas rompieron el fuego y nos causaron bastante estrago desde el principio. En las primeras tres horas de fuego todos los artilleros que se inutilizaban en las baterÃas eran inmediatamente reemplazados; pero al fin llegaron a disminuirse de tal suerte que el que salÃa de combate no tenÃa sustituto, y nuestro fuego disminuÃa cada vez más, sin que fuere dable reanimarle. La infanterÃa que se hallaba en las cortinas y demás puntos por temerse un desembarco, sufrió tanto de las balas enemigas como de los escombros que éstas despedÃan al destruir nuestras obras. El repuesto de las municiones de la baterÃa baja de San Miguel, fue volada por una bomba y su dotación y guarnición casi en su totalidad fueron inutilizadas, pues los que no murieron quedaron heridos o contusos, entre ellos de bastante gravedad, el valiente Capitán de Fragata don Blas GodÃnez. La baterÃa del caballero alto habÃa sufrido bastante pero a pesar de ello sus dignos defensores, que lo eran cuarenta y un zapadores que manejaban as piezas, continuaban sus fuegos con acierto, hasta que otra bomba, que, entró en el repuesto de municiones que tenÃa, lo hizo volar y con él todo el mirador y la mayor parte de la baterÃa, sepultando en sus ruinas a cuantos se hallaban sirviéndola y muchos otros de la de San CrispÃn que se hallaba debajo. Esta desgracia fue más fatal por haber sido envuelta en ella el bizarro coronel graduado de zapadores don Ignacio Labastida. La pérdida de este jefe es en extremo sensible, pues reunÃa cualidades sobresalientes. A las cuatro horas y media de fuego sostenido, la mitad de nuestra artillerÃa estaba desmontada, siéndolo casi en su totalidad la de los baluartes de la lÃnea exterior, que fueron abandonados por esta causa. Los merlones de estas obras habÃan sufrido mucho; las habitaciones estaban destituidas, muchos de los nuestros heridos y contusos, entre ellos el valiente capitán de fragata ya citado, sin poderlos atender por el fuego activo que lo impedÃa. Las municiones se hablan disminuido casi totalmente y como se habÃa perdido mucha fuerza, conocà que la pérdida de la fortaleza era inevitable, porque no podÃa nuestra artillerÃa competir con la enemiga, y que las vÃctimas que hubiese serÃan ya infructuosas, mediante a que con ellas no se cambiarÃa la situación. Me decidÃ, pues, con anuencia de los jefes principales de la guarnición, a pedir al vicealmirante francés una corta suspensión de fuegos, para recoger los heridos y sepultar los muertos y con el objeto esencial de consultar a V.E. sobre la situación de la fortaleza.
A las seis cuarenta y cinco de la tarde subió don Manuel RodrÃguez de Cela a bordo de La Nereida a solicitar la suspensión ala que se negó el almirante condicionándolo a la lación de la guarnición. Cela volvió a Ulúa encontrándose general Santa Anna, que al oÃr en su hacienda de Manga de Clavo los disparós, se trasladó a Veracruz a ofrecer a su comandante sus servicios, y por Rincón fue enviado a inspeccionar el estado de la fortaleza total, que al ver los desperfectos capitularon y firmaron los circunstantes a las dos de la mañana del 28 de noviembre, siendo ocupada la fortaleza por los franceses ese mismo dÃa a las doce.
A las dos de la tarde del 28 de noviembre de 1838 las salvas de todos los buques franceses saludaron al pabellón de su nación enarbolado en ese momento en Ulúa. A las cinco de la tarde salió para Francia una de las corbetas con pliegos de Baudin participan-do en su victoria.
Empero, habiendo declarado México la guerra a Francia, y asumido el mando de la plaza de Veracruz el inquieto general don Antonio López de Santa Anna, que suplió al general Rincón, procesado en unión de Gaona con motivo del desastre de la fortaleza, intentó Baudin un desembarco por sorpresa en la ciudad, el 5 de diciembre de aquel año, a las cuatro de la mañana; protegió la niebla esta audaz maniobra, pudiendo desplazarse cinco grandes boteá sin ser vistos. Una columna mandada por el capitán Laine, de La Gloire, seguida del capitán Lardy, de La Medea, tomó fácilmente el baluarte de La Concepción, destruyendo los trece cañones de a 24 y morteros que allà habÃa. Sucesivamente, hizo lo mismo en los fortines de San Juan, Mateo, y San Javier, al lado de la parte de la guarnición mexicana. Una segunda columna se dividió en dos fracciones, una mandada por el capitán Parceval, de La Efigenia, entró a la ciudad derribando la potema de rastrillo, y la otra, con los capitanes Ollivier, del CÃclope, y S. Georges, del Vulcano, se apoderó rápidamente del baluarte de Santiago. La columna del centro, formada por dos y media compañÃas de artilleros de la marina, a las órdenes del jefe de batallón Collombel: dos compañÃas de marina y una escuadra de veinte zapadores, todos mandados por el prÃncipe Joinville, de La CrÃolla, voló con petardo la puerta del le y cayó impetuosamente sobre la ciudad.
Su objetivo era la casa donde se alojaban los generales Santa Anna y Mariano Arista para capturarlos, de acuerdo con las por Baudin. Y la atacaron con valentÃa, que nada supero a la de los mexicanos trabándose un reñido combate en el patio, en la escalera y hasta en las En una de éstas el segundo comandante de La Criolla logró asir por ambos brazos Arista quien no tuvo más remedio que entregar su espada al prÃncipe en tanto que Santa Anna se ponÃa a salvo saltando por las azoteas.
En esos momentos, Joinville recibió noticias de que la columna de Parseval habÃa sido detenida por un violento fuego de los nuestros, parapetando en los macizos cuarteles próximos a la Puerta de la Merced, y hacia allá se dirigió con el propósito de i reforzarla. Pero al desembocar por la calle que tenÃa el mismo nombre de la puerta mencionada se le recibió con una granizada de balas, que lo hizo contenerse. El almirante Baudin, en vista de tan difÃcil situación, ordenó que violentamente se trajese una pieza de a 6 del baluarte de Santa Bárbara, la cual quedó emplazada en la terminación de la calle de las Damas (hoy avenida 5 de Mayo). Nada pudo hacer ese cañón (que era también nuestro) porque la sólida puerta resistió los impactos, a la vez que las alturas de los cuarteles se coronaban con más y más soldados mexicanos, dispuestos a vencer cara la posición que defendÃan.
Esto lo comprendió muy bien Baudin, ordenando al fin la retirada para reembarcarse en los cinco botes, y en eso estaba precisamente, cuando apareció una columna de. Compatriotas mandada por Santa Anna, en persona, la. cual abrió un fuego graneado sobre los que ya sólo pensaban en llegar a sus barcos. Sin embargo, Baudin todavÃa se dio tiempo para disponer que las carronadas de los cinco botes protegiesen la maniobra, respondiendo vivamente los disparos enemigos. La lancha del almirante quedó completamente acribillada, cayendo su patrón atravesado por seis proyectiles; lo mismo que el aspirante de servicio M. Halna de Fretay, con dos heridas, y su compañero M. Chaptal. Los tres expiraron antes de abordar La Nereida.
Baudin informó por su parte, que también perecieron en la acción, Mr. Olliviere, capitán del CÃclope; Mengin, jefe del batallón de ingenieros; Marechal, teniente de artillerÃa; Miniac de La Nereida; Maquier y Geivais, aspirantes de La Cñolla; Jauge, de La Gloire, y un gran número de marineros heridos, algunos de gravedad. En este ataque perdió una pierna Santa Anna, quien fue prontamente atendido por los competentes facultativos don Pedro Escobedo y don José -MarÃa Andrade, haciendo la amputación del miembro que habÃa sido seriamente lesionado por un caso de granada. Al fin, zanjadas las dificultades los invasores levaron anclas, llevándose de Ulúa los cañones que a ellos les habÃan quitado los españoles en la célebre de Pavia.
Tercera epopeya
Fue la invasión ordenada por el gobierno de los Estados Unidos, desde Washington. Del 5 al 8 de marzo de 1847, las tropas norteamericanas que tenÃan como jefe máximo al general Winfleld Scott practicaron algunos reconocimientos a lo largo de la costa, y a las siete de la mañana del dÃa 9 comenzó a moverse el enemigo de la rada de Anton Lizardo a la isla de Sacrificios, donde a las dos y media de la tarde fondeó toda la escuadra al mando del comodoro Conner, a quien relevó pocos dÃas después el de igual grado de Perri .Alas cinco de la tarde se inició el desembarco atracando los buques muy cerca de la playa de Collado, protegida esta maniobra por tres vapores y cinco goletas que dispararon algunos cañonazos a la guardia nacional de la orilla, a las órdenes del coronel don Mariano Cenobio quien no pudo hacer nada por carecer de fuerzas volantes. Scott llamó pomposamente, "Campo de Washington" al sitio en que estableció su cuartel general, a la vista de Veracruz, efectuando el desembarco sin mayor novedad.
Los atacantes quedaron acantonados en cuatro divisiones: la primera en Mocambo con el general Worth; la segunda en Malibrán con el general Wielanan, la tercera en Pocitos con el general Patterson, y la cuarta en Veracruz con el general Twiggs. Cada una estaba compuesta de 3,000 soldados. Los dragones, en número de 325, eran mandados por el coronel Haney. La artillerÃa tenÃa como jefe al coronel Bankhead.
FungÃa como comandante de San Juan de Ulúa el general José Durán, y de la plaza el general don Juan Morales, secundado por el general José Juan Landero y el teniente coronel de ingenieros Manuel Robles Pezueña. Y encabezaban a la guardia nacional don José Luelmo y don Manuel Gutiérrez Zamora, coronel y mayor respectivamente. En tanto que los invasores sumaban 12,325 hombres, Veracruz estaba solamente defendido por 4. 930 con armamento muy inferior. Sin embargo, lucharon denodadamente y con gran valor los nuestros en medio del más horrible de los bombardeos, que habÃa iniciado el 22 de marzo de 1847. Ya el general Durán, comandante de Ulúa, habÃa pedido un jefe cientÃfico para que la fortaleza se hiciese cargo del mando, como colaborador suyo. Pero nada obtuvo. Es más todavÃa: al gobierno provisional de don Mariano Salas poco le preocuparon estos clamores, llegando al grado de concentrar en la capital a los competentes artilleros Mariano Aguado y Juan Zamora, únicos militares técnicos con que contaba el castillo. Queriendo exaltar el ánimo de sus soldados, el general Durán les hizo ver, por medio de una vibrante proclama, que podÃan luchar ventajosamente, y hasta hizo la promesa de morir en defensa de aquella posición, lo que después no supo o no pudo cumplir, más bien esto último, porque en honor a la verdad carecÃa de los elementos necesarios para enfrentarse a un enemigo considerablemente superior a todo armamento, número y disciplina.
Durante el ataque, que revistió los sublimes perfiles de una epopeya, hubo gestas heroicas como las del joven teniente de marina Sebastián Holtzinger, que habiendo sido arrancada la bandera del baluarte de Santa Bárbara por una metralla la izó de nuevo una lluvia de balas y aventado con un pedazo de merlón se levantó para volver a colocar la enseña patria, actitud valerosa en que lo ayudó un jovencito de 17 años, subteniente Francisco A. Vélez, que con el tiempo llegó a ser general de división; otra fue la realizada por el capitán Jirnénez, el regidor José M. Portilla, el empleado postal Vidaña y el celador del resguardo marÃtimo Cordera quienes, desafiando el tiroteo, salieron a lanzar barias reses que bajaron de los médanos cercanos para poder alimentar a los defensores. Importante misión fue la de San Juan de Ulúa, que con los repetidos disparos de sus baterÃas altas y bajas logró desalojar, el dÃa 25 a las siete de la mañana, a dos nuevos vapores y siete cañoneras que se encontraban detrás de la Playa de Hornos, disparaban también sobre el baluarte de Santiago y la Puerta de la Merced sin perder de vista a los conventos de Belén y San AgustÃn, sabiendo por los espÃas que éste último se habÃa destinado a depósito de pólvora. Uno de esos vapores quedó maltratado con un palo roto y una gran vÃa de agua que lo puso en serio peligro de irse a pique. GuarnecÃan a la fortaleza 1,030 soldados de infanterÃa, pertenecientes a los batallones activos de Puebla y Jamiltepec; una compañÃa del batallón de Tampico; otra del de Tuxpan y una tercera de Alvarado.
La plaza de Veracruz sembrada de cadáveres y heridos, humeante y derruida, capituló con honor y gloria el 27 de marzo de 1847 cuando ya no habÃa ni un solo proyectil que disparar y ni un solo bocado que llevarse a la boca. Pero Ulúa se mantuvo firme un dÃa más, hasta que ya no fue posible resistir su rendición se realizó ante el general Scott el 28 de marzo de 1847 en los siguientes terminos:
Los neutrales abajo firmados, vecinos de la plaza de Veracruz, a los heroicos defensores de ella y a sus autoridades polÃticas. ‘Nos cabe el mayor sentimiento al verlos marchar de esta ciudad: pero al mismo tiempo nos mueve la más dulce satisfacción en expresarles toda nuestra admiración por el comportamiento tan heroico que han tenido en todo el tiempo del bombardeo, veteranos y miliciados; habiéndoles visto constantemente serenos y entusiastas en sus filas, sus baluartes, sus patrullas y cuarteles, sin que ninguno de ustedes se haya desanimado a pesar de la horrible lluvia de proyectiles de toda clase, que derramaba la muerte y el incendio en toda la ciudad.
Los hemos visto serenos y decididos en sus baluartes, sin que se por la falta de vÃveres, de sueldos y de pertrechos; los hemos visto cuidando la seguridad de las casas con pausas que andaban constantemente en las calles, en momentos en que los proyectiles, los mas destructores, se cruzaban en todas direcciones; los hemos visto, en fin, apagando incendios y protegiendo las propiedades de los particulares.
Pueden marchar con la dulce satisfacción de haber hecho los mayores es que muy pocas guarniciones hubieran hecho; los hemos visto, en fin, impávidos durante setenta y dos horas de bombardeo, sin que alguno hubiese abandonado su punto.
A las autoridades polÃticas debemos también el buen orden y los auxilios que se han dado oportunamente a los heridos y enfermos y a los necesitados, a pesar de los peligros tan grandes que corrÃan en todas partes. La policÃa ha redoblado su vigilancia y evitado toda clase de desordenes, inevitables, sin embargo, en semejantes circunstancias. A los médicos y practicantes de los hospitales los hemos visto constanteniente ocupados de sus heridos, sin abandonar el puesto, a pesar de que muchas bombas les arrebataron a menudo los enfermos.
Todos, desde el comandante general hasta el último soldado, nos han llenado de admiración por su heroico componente, y todos pueden marchar con la dulce satisfacción de dejar aquà muchos testigos de su ilustración, de su heroicidad y de su humanidad.
Deseamos que este testimonio les sirva de consuelo, para que les acompañe un recuerdo de tantos amigos que los aprecian y los estiman no sólo por sus antiguas relaciones, pero por su noble y brillante conducta.
Veracruz, marzo 28 de 1847; Roberto H. Farrant.- H. V. Galice.- J. B. Sisos.- R. H. Dillon.- J. Glalce.- H. Courade.- Pedro Liar.- J. Gaudi.-vicentePlande.-EugenioChateauneutf -P.Palhoussie.-A.Perisse.-H. Cappy.- Abrahani Perret.- I. Guillaurnon.- P. Conte.- Urbano Lasepas.-Carlos Binchers.- H. J-lopestendt.- Pedro A. del Valle.- Juan Domingo ayn.- Eduardo Strybos.- F. Lubbren.- C. J. Celis.- H. Paklam.- Carlos M Helm.- C. Hauschild.- A. Blesterfeld.- G. Macculloc.- F. Bromer.- J. Garruste.- Juan Bell.- Guillermo Busin.- Carlos Bestterfield.- M. Glgnous.-I. LoubetG.-H.Haas.-P.Fonchard.-Bonifacio Pérez Valdés.- Vemurguia. Campos y Mendivil.- C. F .Rudolph.- Domingo Peirano.- R. Richardy Louis.-P. St. Martin.-J. A. Mendizábal.-J. N. desevilla.- J.J. Sirnbrelo.- A. Johanet.- G. Ellenghause.- José Antonio’ Thomas Femando Formento.- Liús Weitheimber.- JuanLahitte.-Pedro Vignoller.- Juan Peinmo Capaing.- Leon Mirviello.- Toussaint Fils.-
Cuarta epopeya
El último drama que arrostró heroicamente Veracruz fue el 21 y el 22 de abril de 1914, cuando aún ocupaba la presidencia de la República el usurpador Victoriano Huerta, de triste memoria, A las once y media de la mañana de 1921, despegaron varios botes del crucero Praire, y simultáneamente las tropas ‘invasoras, que vestÃan de kaki amarillo y sombrero texano, se apoderaron por sorpresa del castillo, que apenas si contaba con un destacamento de unos setenta hombres para vigilar a los presos allà confinados, entre los que habÃa destacados polÃticos maderistas, y en seguida hicieron lo mismo con el muelle Porfirio DÃaz. La escuadra yanqui estaba mandada por el almirante Fletcher y a la cabeza de los asaltantes se puso el general Roberto Funston. El comandante militar de la plaza, general Gustavo A. Mass, escapó una hora antes en su automóvil Fiat, rumbo a TejerÃa, dejando la ciudad abandonada a sus propias fuerzas. En tan angustiosas condiciones se organizó rápidamente la defensa, que estuvo a cargo de cuerpos como elementos dispersos del 19 batallón de lÃnea; numerosos voluntarios que habÃa instruido militarmente el patriota coronel don Manuel Contreras; los artilleros de la baterÃa fija ubicada frente a nuestro glorioso Colegio preparatorio, que ha recobrado su primitivo nombre de Instituto Veracruzano; y súbditos españoles que espontáneamente ofrecieron sus valiosos servicios. Entre los artilleros estaba el héroe José Azueta quien manejó valientemente su ametralladora hasta caer acribillado por las balas enemigas.
Avanzaron los norteamericanos hasta la estación terminal, para ocupar inmediatamente el edificio de correos y telégrafos. Y desde ese mismo instante comenzó un nutrido tiroteo, en que podÃa escucharse el horrible estrépito de las ametralladoras. A la vez, dispararon sus poderosos cañones de largo alcance gigantescos acorazados a los que vino a reforzar por la tarde el crucero Chester, que fue el que mayores daños causó al edificio de la heroica Escuela Naval Militar, cuyos cadetes defendieron bizarramente su plantel, muriendo uno de ellos, Virgilio Uribe, cuyo nombre fue puesto después a uno de los guardacostas de la armada nacional. También estuvieron el comodoro Manuel Azueta, quien era el encargado de la defensa heroica del fuerte, y su hijo el teniente José Azueta, quien se situó en la esquina de su cuartel, cerca de una fábrica de hielo. Fue llevado al consultorio del eminente cirujano doctor don Rafael Cuervo para ser atendido de urgencia, y allà se le trasladó a la casa de su familia, situada en la calle de Emparan.
Falleció a los dos dÃas y todo Veracruz, pasado ya el horror del combate, marchó silenciosamente detrás del féretro sobre el cual se habÃa colocado la enseña tricolor.
En el portal de San Javier sucumbió gloriosamente el cadete Jorge Alacio Pérez, y a una cuadra de distancia también perdió la vida el humilde patriota carpintero Andrés Montes. Sedientos, atenaceados por el hambre, acosados por el enemigo y ayudados por sus propias mujeres que dieron un alto ejemplo de abnegación, pues ellas mismas les cargaban los fusiles o restañaban con sus rebosos la sangre que brotaba de sus heridas, pelearon encarnizadamente como buenos mexicanos, los oscuros e ignorados soldados del 19′ batallón. con el bravo teniente coronel Albino Cerrillo a la cabeza. Digna de mención es igualmente la patriota actitud de don Alejandro Sánchez y de varios comerciantes hispanos, que se enfrentaron al enemigo con la misma valentÃa.
Nueve largos meses sufrió Veracruz la ocupación de las fuerzas norte americanas , repartidas en todos los edificios públicos, en los cuarteles, en planteles de enseñanza y hasta en centros recreativos, como el Casino Veracruzano. Por fin el 22 de noviembre de aquel trágico año de 1914, se reembarcaron los invasores en los poderosos buques de su escuadra, a la vez, que hacÃan su entrada a la sufrida y noble ciudad, por el rumbo de los cocos y en medio del delirante regocijo de los jarochos, los generales revolucionarios Heriberto Jara y Cándido Aguilar, como una avanzada de las fuerzas constitucionalistas que reconocÃan como primer jefe a don Venustiano Carranza, el preclaro Barón de Cuatro Ciénegas.
Los héroes civiles, que estuvieron en la defensa de 1914 son: pedagogo Delfino Valenzuela, MarÃa Malard, Carmen Huerta, Constantino Cruz, Héctor Ortiz, Humberto Scheleske, Ernestina Tiburcio, MarÃa Esperanza Toff, Pablo Lwnothe y Abraham Morteo, profesores de primaria que en 1914 rechazaron toda participación administrativa y económica por los invasores norte-americanos y estimularon a los niños y jóvenes con cátedra al servicio educativo del pueblo de Veracruz.



CUAC MR ME GUSTO MUCHO CUAC
ola como estas
me servira de muchoooooooooooooo
sacare 1o en el cole
que imformaciontor
GRACIAS LO OCUPABA PARA MI TAREA
me salvaron
chido esto es mi terea para hoy
hola como tan
AY GRACIAS DIOS CON ESTO VOY A SACAR DIEZ
LO NECESITABA MUCHO PARA QUE NO ME PUSIERAN QUE NO HICE LA TAREA
JAJAJAJAJA
yo no me canse de leer todo es muy interesante algo largo =-)
es mu y importante por que te lo aprendes
es muy buena pagina me ayodo demasiado yei agradesco al que la creo
GRACIAAAAAAAAAAAAS!